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FOLLETT Y EL DESEO

“Ella sacó una cajetilla de cigarrillos y se llevó uno a los labios. Él lo encendió, emulando lo que Gus Dewar había hecho el día anterior. Era un gesto íntimo, que obligaba a la mujer a agachar la cabeza y permitía al hombre mirarle fijamente los labios. Tenía algo de romántico.”

Ante la descripción tomada de un libro de Follett, sentí dos cosas paradójicas. Por una parte la escena mostraba la nulidad material en que se basa el deseo y su objeto. Por otra el milagro de una construcción subjetiva que hace que algo de la realidad sea deseable. Entre ambas la ternura que suscita el humanito.

Un texto de Zizec Martes 6 de enero de 2009.

¿QUÉ COJONES SOMOS?

En uno de sus seminarios (inéditos), Jacques-Alain Miller comenta un inquietante experimento de laboratorio con ratas: en un sistema de laberintos, primero se hace fácilmente accesible a una rata un objeto deseado (algo de comida o una pareja sexual); a continuación, el laberinto se cambia de tal manera que la rata vea, y, de este modo, sepa dónde está el objeto deseado, pero no pueda acceder a ello; a cambio, como una suerte de premio de consolación, se pone a su alcance una serie de objetos similares de inferior valor; ¿cómo reacciona la rata? Durante un cierto tiempo, intenta encontrar el camino al objeto “verdadero”; luego, una vez se ha asegurado de que ese objeto está definitivamente fuera de alcance, la rata renuncia a ello y se conforma con alguno de los objetos inferiores sustitutivos. En resumen, actúa como un sujeto “racional” del utilitarismo. Pero es ahora solamente cuando empieza el verdadero experimento: los científicos practican una operación quirúrgica a la rata, metiéndole mano al cerebro, haciendo cosas con rayos láser de las cuales, como dice Miller con delicadeza, es mejor no saber nada. ¿Qué ocurrió, pues, cuando la rata operada se perdió otra vez en el laberinto aquel en el que el objeto “verdadero” era inaccesible? La rata insistía: nunca conseguía reconciliarse completamente con la pérdida del objeto “verdadero” ni resignarse a aceptar uno de los sustitutos inferiores, sino que volvía una y otra vez a él, intentando alcanzarlo. En resumidas cuentas: la rata, en cierto sentido, se había humanizado, había asumido la trágica relación “humana” respecto del inalcanzable objeto absoluto, el cual, debido a su misma inaccesibilidad, cautiva nuestro deseo para siempre.